Crítica a Hamnet: Una mentira mal dicha

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Escrito por: NTrujillo

Escribe: Luis Vega

García Márquez dijo: “Un escritor tiene derecho a todo, siempre que sea capaz de hacerlo creer”. Si cambiamos la palabra “escritor” por “narrador”, podremos apreciar con mayor claridad que la frase también aplica para dramaturgos, letristas, guionistas y directores. Cualquier cuentacuentos. No hay reglas en la ficción, en el sentido que no hay un conjunto de normas establecido que jamás debe romperse —los fanáticos de Robert McKee y otros “gurús del guion” semejantes te dirán lo contrario; si alguna vez te topas con uno, no lo escuches. Lo importante es cuidar la verosimilitud, sin importar que tan fantástica sea la historia. Hasta la más inhóspita de las aventuras espaciales necesita una saludable dosis de sentido y cercanía.

Bueno, ¿qué tiene que ver esto con el tema que nos atañe? Al iniciar Hamnet, era consciente de que probablemente no había relación entre el dolor de Shakespeare por la pérdida de su hijo y la creación de la obra Hamlet. Otra vez, es ficción, así que poco importa. Al acabar la película, sin embargo, seguí sin creerlo en lo absoluto. Eso es un problema.
Hamnet es una novela de Maggie O’Farrell, quien también escribió el guion de la adaptación. La premisa pretende reivindicar el lugar de Hamnet Shakespeare en el canon de su padre, y para ello se vale de la invención. Hamlet, la obra, está basada en una leyenda escandinava. Con casi toda seguridad, Shakespeare no pretendía que fuera una suerte de elegía para su hijo (de hecho, otros trabajos suyos contienen alusiones más directas al luto de un padre, como Noche de Reyes o El rey Lear); sin embargo, la coincidencia de los nombres sirvió de caldo creativo para libro y película.

¿Cumplió su cometido? Si había una manera de que funcionara, O’Farrell y Chloé Zhao no la encontraron. Por momentos es doloroso ver cómo intentan embonar dos piezas tan distintas. Si William veía a su hijo en el príncipe loco, le imaginaba un destino igual de amargo que una muerte prematura. El final de la obra tiene poco de edificante, incompatible con el ridículo gesto de brazos extendidos del filme. La inclusión del famoso soliloquio “Ser o no ser” también parece puesta con calzador; desde ese momento, el guion se rebaja a lo manipulador.

Los puntos fuertes de Hamnet quedan aplastados bajo sus errores. El pequeño Jacobi Jupe realiza una inspirada interpretación; Buckley y Mescal son correctos en sus papeles; la fotografía es vistosa; nada de ello importa si el guion y la dirección no están a la altura. En 2020, Nomadland no debió ganar muchos premios, y Chloé Zhao vuelve a confirmarlo. Su estilo excesivamente contemplativo y desapasionado apaga las emociones. No reconozco en su quietud una mano maestra, sino la confusión de quien no sabe filmar lo que tiene adelante, similar a un documentalista abrumado. Las evidencias en Hamnet: un alargado plano general para un parto en el bosque que requería cercanía; cámara en mano que peca de tímida y controlada, falla en retratar turbulencia; primeros planos incómodos, que aportan poco o nada; puesta en escena incesantemente torpe. A diferencia de Kelly Reichardt, gran directora de momentos silenciosos (First Cow y Wendy and Lucy son excelentes exponentes de cine contemplativo), hoy ignorada en las ceremonias, Zhao solo dispone de un lenguaje visual inmaduro. Su nominación al Oscar debería ser un misterio, pero después de tanto aplaudo para Nomadland, a la Academia no le queda más remedio que perpetuar su equivocación.

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