Encerrados: la historia de Luis y Jovi quemados vivos en la galería Nicolini
Escribe: Eduardo Zafra
Jorge Luis Huamán Villalobos era un chico tan flaquito que sus causas lo jodían llamándolo Tubito o Sequito, aunque él prefería que lo llamaran Anuel, como su cantante favorito. Jovi Herrera Alania, en cambio, no tenía ninguna chapa, pero siempre aclaraba que su nombre era Jovi, no Yovi, como lo pronunciaban algunos. Jovi quería ser DJ; había descubierto su pasión cuando lo dejaron poner música en un quino al que fue en el colegio. Le vacilaba soñar con algún día trabajar en discotecas y hacer bailar a la gente con sus mezclas. Ambos eran del mismo barrio y habían aprendido a trabajar desde chiquitos. No chambeaban por las puras; lo hacían para ayudar a sus familias. Tubito ayudaba a su mamá y Jovi a su abuela, con quien se había criado desde que su mamá se mandó a mudar para no volver más. De niños habían trabajado de todo: limpiaparabrisas, lustrabotas, cargabultos y comerciantes de semáforos. Un día, Satanás (porque Dios no hubiera sido tan cruel) los iluminó. Les ofrecieron chamba fija o, por lo menos, lo que ellos percibieron como tal, porque en realidad estaban vendiendo su vida, literalmente, por centavos.
La chamba era fácil. Consistía en borrar con lija la marca bamba de unos fluorescentes chinos para posteriormente pegarles stickers con la intención de hacerlos pasar por fluorescentes de la marca Phillips, que después eran llevados al primer piso de la galería Nicolini para ser vendidos al triple de su precio. El horario era esclavizante: 12 horas, de 7 de la mañana a 7 de la noche, y, para colmo de la conchudez del empleador, solo tenían permitido salir durante media hora al día para comprar algo de almuerzo (con su plata, obviamente). El salario era de 20 soles al día, 1 sol 60 céntimos por hora. Como ya todo el Perú sabe, para evitar el robo de los fluorescentes, Tubito y Jovi eran encerrados con candado en los contenedores inmundos en los que trabajaban. Si tenían que orinar, tenían que hacerlo en una botella de plástico o aguantarse hasta la hora de salida. No había baños. No había descansos. No había plata. No había nada.
Jovi, por lo menos, tenía una razón para soportar el calvario: su hija, Catalina Kristel, que apenas tenía 21 días de nacida. Tubito, en cambio, soportaba el infierno a través de las letras de los cantantes a los que admiraba. “Cada quien decide el infierno en el que se quema”. “No le tengo miedo a la muerte, solo tengo miedo a que me olviden”, había escrito en su Facebook pocos días antes de quedar atrapado y morir calcinado.
A la 1 de la tarde del jueves 22 de junio del 2017 se inició el incendio en la zona comercial Las Malvinas, en el Cercado de Lima. La galería Nicolini, que estaba ubicada en esa misma zona, también se incendió. A las 4 de la tarde, más de tres horas después de que el incendio comenzó, César Herrera recibió una llamada de Jovi, su sobrino.
–Tío, no podemos salir de aquí, el dueño nos ha encerrado con candado. Tío, ya se me acaba el aire, ya se me acaban las esperanzas, ya se me acaba la batería.
–Tírate al suelo, hijito. El humo siempre sube; pegado al piso vas a poder respirar.
–Tío, el fuego ya viene, tío.
–Orina en tu polo, hijito, y póntelo en la nariz, así podrás respirar. La ayuda ya está en camino. Danos una señal, algo, lo que sea, para saber dónde estás.
Jovi sacó su brazo por la ventana, agitando su casaca verde en un intento desesperado por dar a conocer su ubicación. Tubito, por su parte, sacó por la ventana su brazo flaquísimo con uno de los malditos fluorescentes con los que trabajaba todo el día. El dron de la Municipalidad de Lima logró captar la imagen de ambos pedidos desesperados de ayuda; las fotografías se volvieron virales y el caso fue abordado por los más prestigiosos medios internacionales. Sin embargo, la ayuda nunca llegó. Los bomberos poco pudieron hacer, y Tubito y Jovi murieron ahogados y quemados vivos.
–Dile a mi mamá que no llore. Ya fue ya. Cuida a mi hija. Dile que la quiero. Ya fue todo. Ya fue ya.