UN CONTRATO TAMBIÉN ES UNA DECLARACIÓN DE VALORES
Los contratos que celebran las organizaciones suelen entenderse como instrumentos destinados a establecer derechos, obligaciones y mecanismos de protección jurídica; sin embargo, pocas veces nos detenemos a pensar que, antes de cumplir esa función legal, también representan una manifestación de la identidad y una declaración de valores de una empresa.
Cada contrato comunica. No solo porque establece derechos y deberes, sino porque refleja la manera en que una empresa entiende sus relaciones con colaboradores, clientes, proveedores, inversionistas o socios estratégicos. En otras palabras, un contrato también responde una pregunta esencial: ¿quiénes somos como organización?
La redacción de sus cláusulas, el equilibrio de sus obligaciones, el lenguaje empleado e incluso la forma en que distribuye responsabilidades, revelan mucho más que una intención de cumplimiento normativo: revelan una cultura organizacional. Un contrato puede transmitir transparencia, confianza y respeto, pero también puede evidenciar rigidez, desconfianza o una relación desequilibrada entre las partes.
Desde esa perspectiva, el contrato deja de ser únicamente una herramienta jurídica para convertirse en una declaración de valores. Es la forma en que una organización dice: "Así entendemos nuestras relaciones. Estos son los principios bajo los cuales trabajamos. Este es el compromiso que asumimos con quienes deciden vincularse con nosotros."
Y aquí aparece una reflexión que pocas veces forma parte de la conversación empresarial. Las organizaciones invierten importantes recursos en construir su cultura corporativa, fortalecer su reputación y definir sus valores institucionales; empero, esos mismos principios deberían ser coherentes con los documentos que regulan sus relaciones. De poco sirve hablar de transparencia, respeto o colaboración si el primer documento que recibe un colaborador o un proveedor transmite un mensaje completamente distinto.
En un contexto donde la confianza constituye uno de los activos más valiosos de cualquier organización, el derecho y la comunicación corporativa encuentran un punto de encuentro y de sinergia. Mientras el primero brinda seguridad jurídica, la segunda permite que esa seguridad también sea percibida como una expresión de coherencia institucional. La cultura organizacional no se expresa únicamente en los discursos institucionales o en los valores que aparecen en una página web sino también, se manifiesta desde el primer vínculo que una organización establece con sus grupos de interés. Un contrato es, muchas veces, ese primer encuentro; y entre sus líneas, una persona, una empresa o un aliado estratégico puede descubrir la forma en que la organización ha decidido relacionarse con los demás.
Autor: Luciana Ubillús Rojas, responsable de Comunicaciones de HRG Abogados.
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